Elecciones en Colombia, ¿Otra Sorpresa de la Antipolítica?

El 27 de mayo los colombianos decidirán quién será el próximo político en ocupar el sillón presidencial del Palacio Nariño. El candidato ganador debe obtener la mitad más uno del total de votos, de lo contrario se realizará una segunda vuelta entre los dos candidatos con mayor votación el domingo 17 de junio y el candidato que gane gobernará por un período de 4 años –fijado entre el 7 de agosto de 2018 y el 7 de agosto de 2022- después de eliminada la reelección por el Congreso en 2015.
Estas elecciones están marcadas por dos hechos sin precedentes: por primera vez en la historia hay más candidatos que avalaron su candidatura con votos ciudadanos que los que cuentan con apoyo partidario; del total de 13 candidatos, ocho cuentan con el aval de las firmas recolectadas. También por primera vez la izquierda está formando coaliciones para dar una pelea por bloques, consciente de que en solitario no podrá acceder al poder.
Cuando comenzó la actual campaña electoral nadie creía que Gustavo Petro sería un gran protagonista. Después del triunfo del No en el plebiscito, de la consolidación del Centro Democrático y de la polarización causada por el proceso de paz, se pensaba que las candidaturas de derecha tendrían la ventaja. Petro, además, tenía una de las peores imágenes en las encuestas, los partidos de izquierda –como el Polo Democrático– no estaban con él y la percepción sobre su gestión en la Alcaldía de Bogotá era tan mala que ponía en peligro la viabilidad de cualquier aspiración. Aunque registraba apoyos en Bogotá y en la costa caribe, la teoría generalizada era que Gustavo Petro, por su percepción negativa, tenía un techo que le impediría crecer.
Pero contra todos los pronósticos, Petro se ha convertido en el fenómeno de la campaña de 2018. Su llegada a la segunda vuelta es altamente probable –algo que hasta ahora no ha logrado ningún candidato de izquierda–, y el famoso techo no ha aparecido por ninguna parte. Desde hace un año hasta hoy su intención de voto ha subido en forma sostenida, poco a poco, y casi se duplicó: pasó de 14 a 31%. Las plazas llenas en municipios de todo el país demuestran que la figura y el discurso de Gustavo Petro están pegando. Y ese impulso tiene a las fuerzas de la política y al establecimiento entre el desconcierto y el temor.
El miedo a Petro es el tema de moda en muchos sectores de la sociedad. Su amistad con Hugo Chávez en los primeros años de la revolución bolivariana –porque después tomó prudente distancia– lo ha marcado como la persona que podría llevar a Colombia al castrochavismo. Desaparecidas las FARC, como guerrilla, y desmantelada la candidatura de Timochenko, en la política, el temor que siempre aparecía en las épocas electorales entre los partidarios de la mano dura ahora le está apuntando a Petro. Con una diferencia: nunca antes una alternativa de izquierda con rasgos tan populistas había llegado tan lejos.
El crecimiento del ex-alcalde se debe, en primer lugar, a que se apoderó de la bandera de la antipolítica. Esta es una carta que está de moda en el mundo, incluidos Estados Unidos y Europa. En Colombia ese sentimiento global hace metástasis, y está alimentado por los escándalos de corrupción como los de Odebrecht y el cartel de la toga en la justicia, que golpearon por igual a todas las fuerzas políticas, santistas y uribistas. Las estadísticas demuestran que la insatisfacción de los colombianos con la política, los partidos y las instituciones en general es más alta que en cualquier otro momento desde que se promulgó la Constitución del 91. La gente tiene rabia contra los políticos, contra la pelea de Uribe y Santos, contra la corrupción, y Petro ha logrado proyectar la posibilidad de cambio.
Este diagnóstico es evidente y otros candidatos han intentado ofrecer fórmulas de renovación, pero Petro se apoderó de la bandera. Su discurso contra la corrupción y contra la clase política es más radical y ha calado en algunos sectores que están dispuestos a sacrificar otras cosas por un cambio en la forma de hacer política. Petro se ha convertido en un prototipo radical tipo Donald Trump, pero de izquierda. Es ‘el otro’, la alternativa, el diferente, el que promete lo que la gente quiere oír. Ya los medios internacionales lo incluyen en las mismas listas con el mexicano Andrés Manuel López Obrador o el español Pablo Iglesias, de Podemos, que en sus países tienen contra las cuerdas a los partidos tradicionales.
Con esa visión sobre el momento político que atraviesa el país, Petro ha construido un discurso muy ingenioso para hacer campaña y muy riesgoso para gobernar. Más que la demagogia tradicional, el tono es de populismo moderno. Además de su bandera contra la corrupción, siempre hace alusión al cambio climático, las energías limpias, la igualdad, la educación gratuita y la lucha contra los latifundios improductivos. Sin embargo, lo hace con extremo cuidado de no caer en propuestas que estimulen su imagen de no comprometido con las reglas de juego del mercado. Propone un capitalismo social, que incluye el cobro de impuestos altos a los más ricos, dentro de la lógica que plantea el economista francés Thomas Piketty. Sus propuestas son mucho más efectistas que viables. Pero Petro ha logrado presentarlas en los debates y en los discursos en un tono innovador que se ha salido de las propuestas ortodoxas de la izquierda. Haber regresado a las plazas públicas, con manifestaciones masivas, lo ha dejado con un aroma de cercanía con la gente común y corriente.
Desde el punto de vista de estrategia electoral, el ex-alcalde de Bogotá le ha apuntado a tres sectores. En primer lugar, a la izquierda. Este grupo lo conquistó rápidamente. Aunque el Polo Democrático apoya a Sergio Fajardo y Clara López a Humberto de la Calle, buena parte de las bases se alinearon con él. Ni el Polo ni el partido de la FARC tienen la dimensión que ha alcanzado Petro. Al fin de cuentas, esta es la primera elección que se lleva a cabo después de la desmovilización de las FARC. A pesar de los problemas de violencia en varias regiones del país, entre las preocupaciones de los votantes no aparecen por ahora la seguridad ni la guerra, lo cual ha permitido una agenda más social sobre asuntos como la educación, la salud y la lucha contra la corrupción, más que el tradicional dilema sobre la falta de autoridad y la mano dura.
En segundo lugar, Petro ha mordido el voto tradicional liberal. Ante el no despegue de Humberto de la Calle, le ha apuntado a sus seguidores con la frecuente mención de nombres ligados a la historia del liberalismo, como Alfonso López Pumarejo, Jorge Eliécer Gaitán y Luis Carlos Galán para validar sus intenciones reformistas sin que tengan un sabor revolucionario. La apuesta es encarnar la alternativa al modelo conservador, que es parte esencial del ADN liberal. Las encuestas indican que en algunas regiones en las que el trapo rojo fue importante –Bogotá, la costa caribe, Tolima– Petro ha ganado terreno.
La tercera fuente de apoyos que ha buscado en su estrategia de campaña ha sido entre los independientes, en los que ha calado en el sector de los jóvenes con la defensa de causas como la del medioambiente, el animalismo y los derechos de las minorías. Entre los candidatos que apoyan el proceso de paz –Fajardo, Vargas Lleras y De la Calle– Petro ha logrado la delantera.
La pregunta que todo el mundo se hace es si el exalcalde de Bogotá mantendrá el impulso que ha conquistado. Todo indica que las semanas que faltan para la primera vuelta, el 27 de mayo, estarán llenas de sobresaltos. El miedo a Petro ha sido una de las dinámicas de esta campaña y sin duda Duque es uno de los candidatos que más se ha beneficiado de esos temores. El exministro de las de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (MinTIC) del gobierno de Juan Manuel Santos, David Luna y el senador conservador David Barguil acaban de anunciar una campaña titulada Abra los Ojos, para mostrar los riesgos de sus propuestas y convencer a los bogotanos de votar por Germán Vargas Lleras y detener el peligro que significaría –según ellos– el paso de Petro a la segunda vuelta.
Los temores están en todos los sectores de la sociedad, pero son mayores en las clases medias y altas y, aún más, entre los empresarios y los economistas. La posibilidad de que un político de izquierda de corte populista llegue al poder, por definición, causa pánico en los mercados y en los inversionistas. Petro suscita incertidumbre y el discurso moderado de su campaña no alivia la percepción de que su visión sobre el manejo de la economía es muy radical y puede seguir la senda de Venezuela. Sus propuestas de que los recursos del subsuelo los decidan pequeñas comunidades o la alusión a la conveniencia de que el Estado compre los terrenos donde INCAUCA tiene sus proyectos de producción de azúcar les ratificó a muchos esos temores.
El mayor cuestionamiento al programa de Gustavo Petro se ha concentrado en su propuesta energética, en la que ha criticado duramente al sector de los hidrocarburos. Ningún país serio, y con tantas necesidades como Colombia, puede renunciar a los ingresos que generan el petróleo, el carbón y otros minerales. Las ideas de reemplazar esos ingresos –que han sido el motor de la economía y de las conquistas sociales de los últimos 20 años– por productos agrícolas, paneles solares o el ecoturismo son conceptos que enamoran a los incautos y aterran a los expertos. No hay un ciudadano en el mundo que no quiera vivir de las energías renovables y desterrar el carbón y el petróleo, pero no hay un gobernante que no quiera los ingresos del petróleo para financiar su política social. Con mayor realismo, Rafael Correa –un presidente de izquierda que con frecuencia se compara con Petro– logró avances importantes en Ecuador gracias a una acertada política de explotación de recursos energéticos.
Pero la mayor preocupación que causa Petro tiene que ver con su modelo político. El próximo gobierno tendrá que pisar callos para resolver problemas graves, que van a obligar a muchos a apretarse el cinturón. La reforma de pensiones o el equilibrio fiscal, por ejemplo. Durante su paso por la Alcaldía de Bogotá, Petro mostró una capacidad de gestión deficiente y una tendencia a aislarse, incluso, de sus propios secretarios y asesores. Varios de los funcionarios de su gobierno, y con amplia experiencia, apenas duraron meses y los niveles de ejecución en general fueron muy insuficientes. Un Petro presidente sin apoyo mayoritario en el Congreso –ni siquiera tiene una bancada propia– ¿cómo sacaría adelante las reformas que se necesitan en la política, la justicia, el régimen previsional y los impuestos?
La respuesta del candidato es la convocatoria de una nueva asamblea constituyente. Y allí está otro de los grandes motivos de preocupación en muchos sectores. Barajar de nuevo, apenas 25 años después, el andamiaje institucional causaría incertidumbre y sería considerado un salto al vacío. Esta reflexión es válida para todos los candidatos que le coquetean a la idea de una nueva constituyente, pero en cabeza de Gustavo Petro generaría más desconfianza por la trayectoria de su discurso ideológico, que es demasiado radical.
Otro de los temas que preocupa es el de la seguridad. Sus relaciones tensionantes con la Policía cuando fue alcalde y la manera como relegó el tema de seguridad no son un buen antecedente frente a las nuevas expresiones de violencia que azotan al país y que se han visto en el Pacífico y que revelan cómo el narcotráfico se ha convertido nuevamente en la gran amenaza de Colombia. En las ciudades el microtráfico es el gran flagelo de los jóvenes y en el campo las disidencias y las bandas criminales son el terror de los campesinos.
El fenómeno Petro, está lleno de paradojas. Es un candidato con una percepción negativa alta en las encuestas, pero también es el que más ha crecido. El que genera pánico entre los empresarios y más esperanza entre los jóvenes. Tiene una alta probabilidad de pasar a la segunda vuelta, pero ganar ese segundo round no será nada fácil.
La realidad es que el sistema de las dos vueltas lo desfavorece. Al crecer el miedo de su llegada al poder, muchos competidores y sectores políticos y sociales dejarán de lado sus diferencias y se unirán para frenarlo. Él mismo ha dicho que entre más crezca él más crecerá Iván Duque. Hoy, su imagen polarizante es simultáneamente su debilidad y su fortaleza. Pero en segunda vuelta ese factor irá en su contra. Otros aspirantes, como Duque y Vargas, preferirán enfrentar a Petro que combatir entre ellos.
Los defensores de Petro consideran que dentro de la actual baraja de presidenciales él tiene horizontes abiertos hacia el futuro mientras que los demás están anclados al pasado. Lo que ha logrado hasta ahora es una hazaña. Sin empresarios, sin muchos congresistas y sin medios de comunicación, ha puesto al establecimiento en jaque. Si no gana en esta ocasión, quedará automáticamente posicionado como uno de los punteros para llegar a la Presidencia en 2022.

Por Alfredo Atanasof
Ex Presidente de la Comisión de Diputados de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación

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